Confieso que he jugado

Confieso que he jugado

Ankalyov
Ankalyov
19 ago. 2017 10:42 |
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El ajedrez, como juego que se desarrolla desde la experiencia, nos invita a navegar a través de distintos universos donde el grado de individualidad es tan alto como lo es el número de personas que juegan o han al ajedrez durante la historia. Este, es el placer de un trabajador después de un día duro de trabajo, y también es la ilusión de un joven genio que quizás en un par de lustros magnifique la escena del ajedrez convirtiéndose en campeón mundial de ajedrez. Decía el ficticio personaje de la película Blanco y negro como el dia y la noche -proveniente del poema de J. L. Borges, de negras noches y de blancos días- Ígor Koruga: la matemática es el conocimiento de la lógica; el ajedrez: la sutil habilidad de convertir esa lógica en maravilloso arte. En definitiva. ¿Qué es el ajedrez sino un reflejo de nosotros mismos y de nuestras habilidades? 

Este servidor aprendió a jugar al ajedrez a los 13 años; jamás demostré talento, aunque si mucha pasión y eso me hizo llegar hacia un lugar determinado, por encima de algunos y por debajo de muchos; se podría decir que todo comenzó en unas navidades cualquiera hace 22 años. Por entonces, yo deseaba que mis padres me comprasen una bicicleta, todos mis compañeros tenían una, y lo normal era sucumbir en las modas existentes por entonces. Sin embargo, lo que encontré fueron dos paquetes envueltos, uno era cuadrangular y poseía un bulto cuadrangular más pequeño en una de sus caras, el otro, era más pequeño y era totalmente rectangular: ante esto, yo supe que esas navidades no recibiría una bicicleta, justo lo contrario: me regalaron un tablero de ajedrez, con sus piezas y un libro de ajedrez que me acompañaría hasta día de hoy: Mi sistema, de A. Nimzowitch. Yo, no supe qué hacer, pero inmediatamente agradecí con ávida felicidad a mis padres por el regalo: ser hijo de inmigrantes, en mi caso, jamás fue fácil, y, ¿qué podía pedirle a mis padres si ya luchaban tanto para darme una buena educación? 

Mis padres, no sabían jugar al ajedrez, ni tampoco mis familiares cercanos, pero afortunadamente había unas instrucciones muy detalladas en la caja del tablero y aprendí enseguida sobre la distribución y el movimiento de las piezas. Con el libro de Nimzowitch, aprendí algunos principios de la apertura, y aprendí algunas de las ideas más elementales del medio juego, sin conocimiento alguno del final de juego o como dar mate.  

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Tablero plegable muy similar al que yo tuve

Por entonces, yo no jugaba con nadie, simplemente me limitaba a leer mi libro, repasar todos los conceptos, y retroalimentar hasta la saciedad. Sin embargo, un día, paseando por las inmediaciones de la Gran Londres con mi padre, este decidió, y casi por sorpresa, a un torneo de ajedrez celebrado en pleno centro de Londres, en el barrio de Lambeth, en una libreria pequeña pero con toque bohemio y vanguardista que me hacía sentir que estaba en un ambiente realmente ajedrecístico. El club de ajedrez de la libreria de Brixton; jamás olvidaré el olor de los libros, el ir y venir del gentío, la dulce mirada de la dependienta, y el terror que sentía de mis futuros oponentes, aunque después de todo, no fue un mal torneo, conseguí 3 de 5 puntos, aun ritmo de juego de 15 minutos. happy.png 

Cuando mi padre vino a recogerme, yo estaba muy contento, y con un diploma en la mano por mejor actuación juvenil de entre los asistentes. Mi padre, me invitó a cenar un poco de fish and chips y un refresco y tras eso, fuimos a casa; mi padre fumando un cigarillo, y yo, con mi diploma y las anotaciones de las jugadas de las partidas, descubriendo, no solo el amor por el ajedrez, sino, el bien que me hacía el ajedrez, más allá de la victoria, más allá de la derrota, más allá de los premios y más allá de lo insignificantemente significante hecho de ser adorado; si tuviese que describir ese día, lo haría con esta canción: 

Por entonces, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas habría desaparecido, G. Kaspárov era el campeón indiscutible del ajedrez mundial, y uno de mis talentos más palpables eran los idiomas, lo que haría que posteriormente estudiase Traducción e Interpretación, a la par que jugaba al ajedrez. 

Pasado el tiempo, más me enamoré del ajedrez, de sus secretos, de los Grandes Maestros haciendo gala de su presencia en algunos torneos locales, la competición oficial, y conocí aquello que hubiese marcado para siempre mi vida, gracias al ajedrez: conocí, en eminencia: la derrota. La derrota me hacía ser más ambicioso con el ajedrez, aunque cada vez que se estrechaba el cerco hacia mi Elo real, más me di cuenta que ninguno de mis sueños en el ajedrez se cumpliría, ni que tampoco sería un maestro, ni que todos estarían orgullosos de mí por mi juego. Siempre es duro enfrentarse a los fantasmas de uno mismo. 

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G. Kaspárov contra V. Krámnik; Campeonato mundial de ajedrez. Londres, 2000.

Semanas después de perder contra V. Krámnik, un periodista la preguntó que cómo era aquello de perder el título mundial, y Garry, como tal cosa le respondió: en el ajedrez, nadie queda invicto: o es otro jugador el que te derrota o será la vida misma quien te quite el título (refiriéndose a Alekhine). 

Aunque, también merece dar crédito a Kaspárov por su ingente valor durante el campeonato. Derrotar el fresco y e innovador muro de Berlín era prácticamente impensable, y el estilo agresivo de Kaspárov no funcionaba contra la roca-Krámnik. 
 
Yo seguía extremadamente expectante el torneo: me encontraba en mi primer año de universidad, los exámenes estaban a la vuelta de la esquina, aunque yo no podía evitar estar atento a todo lo que pasaba: ¡qué emoción! ¡qué maestría! ¡qué placer es ver a los mejores jugadores del mundo jugando! Terminados los exámenes, y aproximándose el verano, yo decidí empezar a dar clases de ajedrez; por entonces mi Elo se aproximaba a los 2100, aunque no sería hasta 2006 cuando alcancase mi máximo nivel, con 2149 puntos en ajedrez standard. Desde ese verano, yo me di cuenta que mi pasión era la educación, me encantaba enseñar y encima, enseñar aquello que era mi pasión como lo era el ajedrez, y lentamente, empecé a colaborar con la federación de Inglaterra y otras agrupaciones locales; por supuesto, yo seguía con mis estudios en Traducción e Interpretación y no sabía muy bien cómo podría fusionar los idiomas con el ajedrez y la docencia, aunque los dos avanzaban en ardua marcha. 
 
Terminando mis estudios, con una especialización en idiomas sino-tibetanos y altaicos, y otra en educación, me he dedicado a recorrer las distintas partes del globo enseñando y aprendiendo distintos idiomas, desde España a China, pasando por Japón o Francia. Con todo esto, fui dejando apartado el ajedrez competitivo de tal forma que desde 2006 no jugué a ningún torneo competitivo y me he mantenido al margen, jugando por internet o leyendo, por pura pasión, bibliografía ajedrecística, a la par que dando clases de ajedrez por internet o presencialmente.  
 
En este camino largo que es la vida, les confieso a mis no muchos lectores, que he jugado, que al igual que ustedes, he llorado cuando he perdido, y reído cuando he ganado; he soñado como lo hacen los niños ante un futuro lejano y me he emocionado cuando se dio la controversia entre Kramnik y Topalov o parecía que iba a despuntar el reinado de Magnus Carlsen cuando Sergey Karjakin venció a Magnus Carlsen en plena tensión y a las puertas del final del campeonato mundial; confieso que amo la revolución que ha sido internet y la excelente herramienta que es Chess.com: confieso la dificultad que es hablar de ajedrez en un idioma que no es el tuyo y lo hermoso que es hacerse entender en un mar de información donde uno es un grano de arena en un desierto tan homogéneo y constante. Al final, mis queridos, les confieso que comparto sus caídas y sus éxitos, sus males y sus bienes, sus sueños y sus perdiciones. Les confieso, en conclusión, el bien que me hace escribir a completos desconocidos. Lloremos y riámonos juntos; seamos el Peter Parker que llora ante una pérdida y el joven crío que ríe mientras juega con sus juguetes; seamos uno en este mismo instante.
 
Gracias por leerme y espero que esta simple entrada sea el principio de una gran amistad expresada en un noble y centenario idioma, como lo es el español.