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Nuestras sombras cuando jugamos ajedrez.

Nuestras sombras cuando jugamos ajedrez.

emanuelmorita
3 sept. 2017 13:44 12

Introducción:

Este artículo consistirá en un muy breve ensayo sobre como observo yo, como aficionado a este hermoso juego, las emociones que me suelen invadir al jugar ajedrez, experiencia que no es solamente propia, sino que cualquier practicante de este deporte experimenta: ¿cuántas veces hemos sentido excitación, alegría o frustración ante una buena o mala jugada?, ¿qué o cual es el extraño proceso que desencadena, en la mecánica de tan complejo juego, que algunos jugadores se equivoquen o otros acierten al aprovechar el error del adversario?, ¿cuánto juega, como preludio a dichos momentos, las emociones que invaden a los jugadores?

Parece una cuestión obvia, pero las preguntas del párrafo anterior se relacionan con una premisa relevante, y es que en el ajedrez no juega solo la lógica y el cálculo de los mejores algoritmos, lo cual se desarrolla en el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro, dedicado enteramente a la lógica y la racionalidad, también juega el hemisferio derecho del órgano regente del sistema nervioso central, aquél que se ocupa de nuestro aspecto emocional e intuitivo.

Además de lo expuesto, se analizará como la simbología más básica del ajedrez –la división por colores- ya anticipa todo este andamiaje de experiencias que se dan en la partida.

 

La simbología del tablero y los bandos:

Todos sabemos que el ajedrez se compone de dos bandos, blancas y negras, con igualdad de material al principio de la partida.

De la misma forma, el tablero se divide en 64 escaques o casillas, 32 blancas y 32 negras.

Algo relevante que destacar es que ya el tablero, en su conformación, se encarga de decirnos algo, y es que el aparente orden del inicio de la partida, con dos bandos separados en colores, pronto se acabará y se perderá su aparente simetría. El tablero no tiene 32 casillas, todas blancas en el lado de las blancas y 32 negras en el bando negro, lo cual tendría cierta lógica territorial, sino que las casillas blancas y negras se mezclan en un orden sucesivo. Lo propio ocurrirá con ambos bandos en el transcurso de la partida, el orden desaparecerá y se entremezclarán las distintas piezas, invadiendo el espacio del adversario.

Cabe preguntarse por qué la elección de los colores, ¿por qué “blancas” y “negras”?, lo primero que se nos ocurre es que representan la dualidad, el día y la noche, la luz y la oscuridad, el yin y el yang.

Pero todavía hay más, no existe el sorteo para verificar a que bando le toca mover primero, ya que las blancas siempre hacen la primera jugada, pero cabe preguntarse, ¿por qué?, ¿por un arbitrio del creador del juego?, no lo creo.

El bando blanco representa la luz, la capacidad creadora, de allí que se denominan “aperturas” a los primeros movimientos de las blancas. Es el bando que tiene la responsabilidad de “construir” la armonía, de “iluminar” el tablero con su luz.

Las negras, en cambio, tienen el deber de destruir, de frustrar el plan del blanco. Las negras, al estar condicionadas por el primer movimiento de las blancas, tienen la necesidad de defenderse, de allí que lo más preciso para caracterizar a los primeros movimientos del negro sea la denominación de “defensas” y no de “aperturas”. Las negras tienen la responsabilidad de llenar de penumbras el tablero, evitando el plan del blanco y destruyendo su arquitectura.

 

¿Somos “blancas” o “negras”?, ¿o somos ambas?

 

Evidentemente, cuando nos sentamos frente al tablero, tenemos que representar a uno de los dos bandos, siendo que un buen jugador de ajedrez tendrá suficientemente en claro cuál será su tarea, según juegue con uno u otro.

Ahora bien, las piezas no se mueven por voluntad propia, sino que son los instrumentos de los verdaderos intérpretes, que son los jugadores que deciden su destino.

Muchas veces el jugador de las blancas hace jugadas desprevenidas, perdiendo piezas por descuido o por caer en alguna celada del negro. La emoción suele invadir hasta a los más grandiosos jugadores. Pierdes la dama blanca y te llenas de frustración y temor, las dudas te invaden, no sabes cómo vas a continuar, todos sentimientos relacionados con la destrucción o la oscuridad. Las negras están ganando, pues están destruyendo tu plan, la arquitectura de tu idea.

Ahora bien, esos sentimientos, que benefician al bando negro, se desencadenan como un torbellino en la mente del jugador de las blancas, ¿es el tablero el único campo de batalla?, ¿o lo es también la propia consciencia del ser humano?

Por contrapartida, la alegría del éxito invade al jugador de las negras, su construcción ha sido exitosa. He dicho “construcción”, ¿no era esta una tarea de las blancas acaso?

Mi serie de sencillos ejemplos basados en la experiencia emocional que todo jugador de ajedrez tiene en sus recuerdos me permite hacer esta traslación: la simbología del tablero y de las piezas preludia, anticipa, que ambos jugadores podrán experimentar la luz y la oscuridad, la certeza y la duda, la confianza y el temor, es decir, que la división en “blancas” y “negras” es una simple ilusión o metáfora en cuanto solo reflejan ideas abstractas que, en realidad, se hacen carne y se concretan en la mente de los jugadores, verdaderos protagonistas del torbellino psíquico que se desencadena en toda partida de ajedrez.

En todo caso, será cuestión de las características personales de cada jugador ver hasta qué punto es capaz de dominar sus emociones, cuánto utiliza la lógica, el cálculo y cuán bien tiene dominado su ego.

Creo que el verdadero adversario en el ajedrez no es quien tenemos enfrente, sino que es el propio jugador. Aquél cuyo ego no pueda controlar se verá invadido por dudas, temores, por las tinieblas de su propia inseguridad. En cambio, aquél que logre domar su ego logrará iluminar el tablero con su luz.

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