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Lo que aprendí de mi primer torneo de ajedrez

Lo que aprendí de mi primer torneo de ajedrez

Me preparé para mi primer torneo durante semanas.

Cada noche jugaba una semirrápida y luego la estudiaba, revisando mis movimientos para ver dónde había pasado por alto una táctica, dónde había anticipado el movimiento incorrecto, dónde podía haber presionado para obtener una mayor ventaja. Dedicaba un poco de tiempo cada tarde a lecciones y ejercicios de final de partida. Practiqué tácticas cada momento libre que tenía. Aprendí a dar jaque mate con un alfil y un caballo. ¡Nunca se sabe!

Cuando se acercó el comienzo del torneo, me sentí preparada. Mi ELO de semirrápidas en Chess.com se aproximaba a los 1400. Sé que no es un medidor fantástico, pero me lo tomé como punto de partida. Dos noches antes del torneo, hice un test online, el Elometer, desarrollado por investigadores de la Universidad de Dusseldorf. El Elometer da una estimación del ELO de un jugador en base a sus respuestas a 76 problemas de ajedrez que después se comparan con la fuerza de juego de participantes previos. Algunas de las preguntas eran muy fáciles y algunas, complejas; algunas eran tácticas y otras eran posicionales; algunas parecían simplemente imposibles. Pero la mayoría se parecían mucho a los ejercicios que había pasado tanto tiempo haciendo las últimas semanas. Fue divertido. La estimación de mi ELO fue de 1876, con un intervalo del 95% de certeza entre 1750 y 2003. 

"No está mal", pensé."No está nada mal".

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Aun así, la mañana siguiente estaba nerviosa. Muy nerviosa. El estómago me había subido a la garganta. Esto tenía que ver con el hecho de que yo había evitado competir durante más de una década a raíz de interiorizar el mensaje que se me había dado de forma explícita e implícita desde mi niñez de que soy demasiado competitiva. También tenía que ver con el hecho de que la sala de espera del Club de Ajedrez Boylston en Cambridge, Massachussets, estuviera repleta de niños.

El ajedrez es una estrategia. Claro que es una guerra, pero también es un juego de niños. La historia del ajedrez es la historia de prodigios, de ganadores diminutos con pies colgando y de grandes maestros adolescentes. Yo ya sabía esto, todo el mundo lo sabe. Pero otra cosa es entrar en una sala esperando algo tan silencioso y serio como un torneo de ajedrez y encontrarte en el recreo del colegio. Las mesas estaban cubiertas de bolsas de patatas fritas, de recipientes enormes de galletas saladas de animales. Los niños se apiñaban en torno a unos pocos tableros de ajedrez debatiendo tácticas, algunos de ellos en ruso o en chino. Había varios adultos, pero pronto entendí que casi todos eran padres, no participantes.

La mayoría, por cierto, eran niños. Había una niña, que de hecho era una de las participantes con más ELO, pero era la única. Justo antes de que comenzara el torneo, una mujer de mediana edad se acercó a mí. Llevaba un pañuelo con estampado de figuritas de ajedrez y su bolso llevaba una costura de tablero de ajedrez. Sabía mi nombre. Me dijo que ella no jugaba, pero quería decirme lo mucho que la alegraba que yo estuviera allí. "Es muy gratificante ver a una mujer aquí", añadió.

Pasamos a la gran sala iluminada en la que se celebraría el torneo. Los tableros ya estaban preparados. Frente a mí había sentado un niño de unos nueve o diez años de ojos grandes y pelo arenoso. Tenía que sentarse sobre sus pies para llegar al otro extremo del tablero.

Yo jugaba con las negras, una siciliana. Casi de inmediato tuve problemas. Me hice rápidamente con el centro. Se me olvidaba pulsar el reloj, él me miraba fijamente y finalmente parpadeaba hacia el reloj.

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De súbito, sin razón aparente, perdí un peón. Me preocupaba tanto mi propia posición (mi inútil alfil de las casillas claras, mi falta de coordinación, el sudor que se me acumulaba) que no había visto su ataque desnudo. De repente había una dama blanca en g4. Entonces, con mi caballo retirado de f6, él sacrificó descaradamente su alfil en h7. Aferrándome a un clavo ardiendo, utilicé mi alfil en fianchetto del flanco de dama para tomar un peón en g2 y solo entonces vi lo obvio: que su torre se deslizaba por mi alfil, que su dama se cernía sobre mi rey... que estaba totalmente perdida. Volqué mi rey y él extendió su mano con solemnidad. Le pregunté cuál era su ELO. "533", dijo.

Pensé que lo había oído mal.

Ese niño ganó todos sus encuentros aquel día. Traté de decirme a mí misma que estaba en esa fase por la que pasan algunos niños, la fase en la que mejoran en algo cada vez que toman el desayuno. Mi siguiente oponente fue otro niño que, como yo, jugaba su primer torneo, y se notaba. Estaba inquieto, se levantaba después de cada movimiento, se encogió de hombros cuando coroné un peón amenazando jaque mate forzado. Pero apenas pude procesar la victoria: ya estaba agitada.

En mi tercer encuentro del día jugué contra un hombre de mediana edad de unos 1200. Llevaba su propio cojín y lo colocó cuidadosamente sobre la silla de madera antes de sentarse sobre ella. Lo observé un momento. Estaba calvo y flaco, tenía ojos amables. Solo había jugado contra una persona sobre el tablero anteriormente. Estaba acostumbrada a ver una pantalla frente a mí, no rostros.

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Una catalana liosa. Regalé un peón de nuevo sin motivo, pero a medida que entramos en el final de la partida tenía buenas probabilidades de tablas. Pero no confiaba en ellas. Ya había perdido. Había algo de masoquista en la forma en la que jugué la fatal a5. Él levantó la mirada penetrante y sus afilados rasgos se curvaron en un signo de interrogación. Me rendí pocos movimientos después.

Unas semanas después se publicó mi ELO: 492. Traté de configurar Shredder, el módulo que utilizaba, en 500, para recordarme lo fácilmente que podía vencerlo. Pero Shredder solo descendía a 800.

El ajedrez para mí siempre ha sido un ejercicio diario de humildad. Ese es parte de su atractivo. Pero ahora me sentía expuesta. Quise dejar de jugar al ajedrez. Era demasiado vieja, demasiado lenta, estaba demasiado humillada. Estaba perdiendo mi tiempo. ¿Para qué? Ni siquiera era el ELO lo que me molestaba; hay infinidad de ajedrecistas que empezaron desde ahí. Pero me tomé la divergencia entre mi expectativa y el resultado como una clase de resultado en un referéndum sobre mi juego y sobre mi verdadera esencia.

Un mes después, regresé. Algo me obligó a seguir. Frente a mí había otro niño, de habla china, de 1560 de ELO. "¿Cuánto llevas jugando al ajedrez?" me preguntó antes de empezar. Le dije que un poco más de un año, que era mi segundo torneo. Asintió pensativo. "Yo tengo mucho más ELO que tú", dijo cuidadosamente. "Pero yo también tuve 500 una vez".

Jugué con las negras: una eslava, aunque con mi típica confusión de las aperturas, pensé que había jugado la francesa. Tuve los problemas frecuentes: un alfil de las casillas claras atrapado, un peón colgado sin motivo. Pero logré no quebrarme y, al llegar al final de peones, no estaba ganando pero tampoco estaba perdiendo. El tiempo pasaba, la tensión era alta. De vez en cuando aparecían tras mi hombro varios niños chinos y miraban el tablero.

Al final no pude aguantarlo, perdí un peón de bloqueo y me rendí. "Has jugado muy bien" me dijo solemnemente el niño, que se llamaba Andrew Su. "Pero has tenido opciones de ganar. Colocó en el tablero la posición en la que yo había cometido un error grave. "Aquí, a5" dijo, moviendo mi peón. "Todo lo demás pierde". Y me mostró la continuación con paciencia. Me costó una tremenda fuerza de voluntad no abrazarlo.

Guardé todas mis plantillas de las partidas con la idea de enchufar el PGN y revisarlas. Pensaba guardar una base de datos de todas mis partidas de torneo, un registro espléndido de mi progreso. Pero cuando traté de enchufar el PGN, me di cuenta de que había puesto damas donde no podían estar y tenía jaques inexistentes. No podía distinguit qué torre había movido. En un momento dado, en lugar de Dxc3 había escrito Dx33. Moví un rey de d7 a h6 en una jugada.

Gané esa partida, mi segunda victoria. ¿Cómo? Miro mi plantilla de la partida y no tengo ni idea.


nullLouisa Thomas es una escritora estadounidense, autora de dos libros (entre ellos, Louisa: The Extraordinary Life of Mrs. Adams), es contribuidora frecuente de NewYorker.com, fue escritora y editora en Grantland.com, y está "obsesionada" con el tenis y el ajedrez. Puedes seguirla en Twitter. 

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