x
Chess - Play & Learn

Chess.com

FREE - In Google Play

FREE - in Win Phone Store

VIEW

El día que acabe la pobreza pt.2

EETech
Feb 24, 2012, 2:47 PM 0

La batalla contra la pobreza

LOS ricos ya han puesto fin a la pobreza: a la de ellos mismos, claro está. Pero los esfuerzos por liberar a la humanidad de esa plaga siempre se han perdido. En general, el que tiene dinero no quiere que nada ni nadie le quite su riqueza y posición. El rey Salomón observó: “¡Mira!, las lágrimas de aquellos a quienes se oprimía, pero no tenían consolador; y de parte de sus opresores había poder” (Eclesiastés 4:1).

¿Podrán los poderosos de este mundo cambiar la sociedad y erradicar la pobreza? Salomón escribió por inspiración divina: “¡Mira!, todo era vanidad y un esforzarse tras viento. Lo que se hace torcido no se puede enderezar” (Eclesiastés 1:14, 15). Un simple vistazo a las iniciativas modernas para acabar con la pobreza demuestra la veracidad de estas palabras.

Teorías de prosperidad para todos

En el siglo XIX, mientras unas cuantas naciones amasaban riquezas sin precedentes gracias al comercio y la industria, algunas personas influyentes mostraron vivo interés en poner fin a la pobreza. ¿Podrían distribuirse los recursos de este planeta más equitativamente?

Hubo quienes pensaron que el socialismo o el comunismo podrían producir una sociedad sin clases en la que hubiera un justo reparto de la riqueza. Por supuesto, los ricos no se entusiasmaron para nada con estos ideales, pero mucha gente se sintió atraída por el lema que decía: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. Muchos se ilusionaron con la idea de que todos los países abrazarían el socialismo y se viviría en un mundo ideal, casi utópico. Unas cuantas naciones acaudaladas adoptaron algunos aspectos del socialismo y fundaron estados de bienestar que prometían cuidar de todos los ciudadanos “desde la cuna hasta la tumba”. De hecho, aun hoy siguen afirmando que la pobreza ya no amenaza la vida de sus súbditos.

Pero lo cierto es que el socialismo nunca consiguió su objetivo de producir una sociedad altruista. La teoría de que los ciudadanos trabajarían por el bien de la comunidad en vez de por ellos mismos resultó ilusoria. Algunos se quejaron al observar que, en ciertos casos, compartir sus bienes con los pobres hacía que estos no quisieran trabajar. Se cumplieron estas palabras bíblicas: “No hay en la tierra hombre justo que siga haciendo el bien y no peque. [...] El Dios verdadero hizo a la humanidad recta, pero ellos mismos han buscado muchos planes” (Eclesiastés 7:2029).

Otro ideal fue el denominado sueño americano: una tierra de oportunidades donde toda persona industriosa pudiera prosperar. Muchas naciones adoptaron las políticas que parecían haber enriquecido a Estados Unidos, es decir, la democracia, la libre empresa y el libre comercio. Pero no todas lograron duplicar el sueño americano, pues la riqueza de Estados Unidos no se debió únicamente a su sistema político. Sus inmensos recursos naturales y el fácil acceso a las rutas de comercio internacionales tuvieron mucho que ver con el progreso. Por otra parte, el competitivo sistema económico mundial no solo produce ganadores que prosperan, sino perdedores que sufren. ¿Podrían las potencias económicas ayudar a los países pobres?

El Plan Marshall: ¿un modelo para ganar la batalla?

La segunda guerra mundial dejó arrasada Europa, y sobre millones de sus habitantes se cernió el fantasma del hambre. Por su parte, el gobierno estadounidense veía con preocupación el auge del comunismo en el Viejo Continente, así que durante cuatro años donó grandes sumas de dinero para reactivar la industria y la agricultura en las naciones que aceptaron sus políticas. Este programa de reconstrucción europeo, también llamado Plan Marshall, se consideró todo un éxito. Estados Unidos aumentó su influencia en Europa occidental, y la pobreza extrema desapareció casi por completo. ¿Funcionaría este modelo en el resto del mundo?

Alentado por el éxito del Plan Marshall, Estados Unidos prestó ayuda a países pobres para fomentar la agricultura, la atención médica, la educación y el transporte. Sin embargo, sus motivos fueron del todo egoístas, como Estados Unidos ha reconocido abiertamente. Otros países ricos también ofrecieron su apoyo con el objetivo de incrementar su influencia. Pero sesenta años después, tras gastar muchas veces la cantidad que se invirtió en el Plan Marshall, los resultados han sido decepcionantes. Es cierto que algunas naciones pobres alcanzaron una prosperidad espectacular, sobre todo en Asia oriental. Pero muchas otras siguieron sumidas en la pobreza más absoluta, a pesar de que la ayuda exterior logró rebajar la mortalidad infantil y elevar la escolarización.

Los decepcionantes resultados de la ayuda exterior

Ayudar a naciones pobres a salir de su estado fue más difícil que ayudar a naciones ricas a recuperarse de la guerra. Europa ya contaba con una infraestructura industrial y comercial, así como con un sistema de transportes. Solo había que sanear su economía. Sin embargo, la situación era muy distinta en los países pobres. Es verdad que la ayuda exterior financió la construcción de carreteras, escuelas y hospitales, pero la falta de empresas, recursos naturales y acceso a las rutas comerciales impidió que la gente saliera de la miseria.

Los círculos viciosos de la pobreza son complejos y difíciles de romper. Por ejemplo, las enfermedades engendran miseria, y la miseria engendra enfermedades. Los niños desnutridos quizás se críen tan débiles física y mentalmente que, ya de adultos, no puedan cuidar de sus propios hijos. Además, cuando las naciones acaudaladas “ayudan” a las más pobres enviándoles sus excedentes de alimento, los agricultores y comerciantes locales se quedan sin trabajo, lo que genera más pobreza. Las ayudas monetarias a gobiernos del Tercer Mundo pueden dar inicio a otro círculo vicioso: como son fáciles de robar, alientan la corrupción, y la corrupción solo agrava las carencias del pueblo. En pocas palabras, la ayuda exterior fracasa porque no ataca la causa fundamental de la pobreza.

Una mujer pobre con una bolsa frente a una casa de adobe

La causa de la pobreza

La pobreza extrema obedece a que naciones, gobiernos e individuos solo buscan fomentar y proteger sus intereses. Por ejemplo, para los gobiernos democráticos de los países desarrollados, acabar con la pobreza mundial no es un objetivo prioritario, pues lo que más les importa es tener contentos a sus votantes. Así, prohíben la importación de productos agrícolas de naciones de escasos recursos a fin de proteger la agricultura de su propio país. Y, además, conceden jugosos subsidios a los productores locales para frenar la competencia extranjera.

Como vemos, la causa fundamental de la pobreza es la tendencia de la gente y los gobiernos a proteger sus propios intereses. En otras palabras, se origina en el ser humano. El rey Salomón lo expresó así: “El hombre ha dominado al hombre para perjuicio suyo” (Eclesiastés 8:9).

Entonces, ¿hay esperanzas de que acabe la pobreza? ¿Existe algún gobierno capaz de cambiar la naturaleza humana?

Una ley contra la pobreza

Jehová Dios le dio a los israelitas una ley que, si la obedecían, los protegería de la pobreza extrema. La Ley mosaica estipulaba que todas las familias heredaran una parcela de tierra, a excepción de la tribu sacerdotal de Leví. Dicho legado familiar estaba garantizado, pues la tierra no podía venderse a perpetuidad. Cada cincuenta años, todo terreno debía devolverse a su dueño original o a su familia (Levítico 25:1023). Si alguien vendía el suyo por motivo de enfermedad, desastre o pereza, lo recuperaba sin costo alguno en el año del Jubileo. De ese modo, ninguna familia quedaría sumida en la miseria durante generaciones.

Otra disposición misericordiosa de la Ley de Dios permitía que alguien que hubiera sufrido alguna adversidad se vendiera a sí mismo como esclavo y recibiera el dinero por adelantado para pagar sus deudas. Pero si no podía comprar su libertad antes del séptimo año, había que liberarlo y darle semillas y ganado para que no tuviera que empezar de cero. Además, si un israelita pobre tenía que pedir un préstamo, la Ley prohibía a sus compatriotas cobrarle intereses. También se estipuló que se dejaran las orillas de los campos sin cosechar, de forma que quedaran para los pobres. Así, ningún israelita tendría que mendigar (Deuteronomio 15:1-14; Levítico 23:22).

Con todo, la historia muestra que algunos israelitas cayeron en la miseria, pero fue porque la nación en conjunto no obedeció la Ley de Jehová. Como consecuencia, hubo quienes se convirtieron en ricos terratenientes y otros en pobres desheredados, como sucede en la mayoría de los países. En resumen, la pobreza afligió a los israelitas porque algunos pasaron por alto la Ley de Dios y pusieron sus intereses por delante de los ajenos (Mateo 22:37-40).

Online Now